La adicción: una forma de autoaliviarse
- Dr. Víctor Luis Figueroa Alvarado
- 18 nov
- 4 Min. de lectura

Hay personas que llegan a consulta diciendo que beben para dormir, otros para olvidar, otros para sentir algo. Lo curioso es que, en la mayoría de los casos, el consumo no es el origen del problema, sino la respuesta que el cerebro encontró (torpemente) para calmar un dolor más profundo. La adicción no surge en el vacío. Suele florecer sobre un terreno previamente agrietado por la ansiedad, la depresión, el trauma o incluso por un trastorno de la personalidad. A eso, en psiquiatría, lo llamamos comorbilidad: la coexistencia de dos o más condiciones que se entrelazan como hilos de una misma trama.
La mente que se protege… a su manera.
El cerebro tiene mecanismos extraordinarios para adaptarse. Cuando la tristeza se hace insoportable, o cuando el miedo y la hiperactividad interna impiden el descanso, busca salidas químicas o conductuales que prometan alivio inmediato. En ese intento, algunos encuentran refugio en el alcohol, otros en los juegos de azar, otros en la comida, las compras o la tecnología. En cada caso, el patrón se repite: una conducta que alivia al inicio, pero que termina amplificando el sufrimiento.
Desde la biología, entendemos que este impulso no es solo psicológico: el sistema dopaminérgico mesolímbico, que regula el placer y la motivación, se activa ante estímulos placenteros, y en las personas genéticamente más vulnerables, esta respuesta es más intensa o menos regulada. Estudios recientes en neurogenética (American Journal of Psychiatry, 2023) muestran que variantes en genes como DRD2, OPRM1 o COMT pueden predisponer a una búsqueda compulsiva de recompensa, haciendo que ciertas personas experimenten el placer de manera más explosiva y el malestar de manera más prolongada. En otras palabras: hay cerebros que sufren más y, por ende, buscan más alivio.
De hecho, investigaciones del National Institute on Drug Abuse (NIDA, 2023) estiman que hasta el 60% de las personas con un trastorno por consumo de sustancias presentan otro trastorno mental concomitante. Y la relación es bidireccional: la ansiedad, la depresión o el TDAH pueden aumentar el riesgo de adicción, mientras que el consumo crónico altera los circuitos cerebrales que regulan las emociones, agravando el cuadro original.
Un diagnóstico que se vuelve un laberinto
A nivel clínico, el reto está en distinguir cuál fue la causa y cuál la consecuencia. Un paciente con ansiedad puede volverse dependiente del alcohol, y otro con dependencia puede desarrollar ansiedad como efecto de abstinencia. En el fondo, ambas condiciones se retroalimentan, lo que dificulta el tratamiento si solo se aborda una de ellas.
Por eso, cada vez más se habla de la patología dual, un enfoque que reconoce la interacción entre adicciones y otros trastornos psiquiátricos. Este modelo no solo cambia la forma de diagnosticar, sino también de tratar: exige intervenciones simultáneas, integradas y personalizadas. Ya no se trata de dejar de consumir para luego atender la depresión, sino de atender ambas cosas a la vez, porque una sostiene a la otra.
Más allá del consumo: el cerebro emocional
Desde la neurociencia sabemos que las adicciones y los trastornos comórbidos comparten alteraciones en los mismos sistemas cerebrales: la dopamina, asociada al placer y la motivación; el circuito límbico, que regula las emociones; y la corteza prefrontal, que nos permite controlar impulsos, planificar y evaluar consecuencias. Cuando la corteza se debilita (por trauma, por genética o por consumo), la persona pierde capacidad para autorregularse, y el alivio inmediato se impone sobre el bienestar a largo plazo.
La neuroplasticidad también juega un papel decisivo. Con el tiempo, los circuitos del placer se reorganizan: el cerebro aprende que la sustancia o la conducta es la vía más rápida hacia el alivio, reduciendo la respuesta ante otras fuentes naturales de bienestar, como el afecto o la satisfacción personal. Esto explica por qué la adicción es tan resistente: el cerebro literalmente ha reescrito sus prioridades.
El círculo invisible: trauma, apego y vacío
Detrás de muchas adicciones hay historias de pérdida, de carencia emocional o de entornos caóticos. Un estudio publicado en The Lancet Psychiatry (2022) encontró que los traumas tempranos multiplican por tres el riesgo de desarrollar una adicción en la adultez, y que el tratamiento es más exitoso cuando se aborda esa raíz emocional.
Pero la biología y la genética también hacen su parte: los hijos de personas con adicciones tienen entre 4 y 8 veces más riesgo de desarrollar un trastorno similar (Harvard Medical School, 2021). Este riesgo no es un destino, sino una predisposición: un terreno más fértil que, bajo ciertas condiciones ambientales, puede florecer o no.
Desde el consultorio, lo vemos a diario: personas que no buscan euforia, sino silencio. No placer, sino calma. Y aunque la sociedad suele ver la adicción como una falla moral, en realidad suele ser una estrategia desesperada de regulación emocional, una manera de sobrevivir con los recursos que se tienen.
Hacia un enfoque más humano
El tratamiento de las adicciones con comorbilidad psiquiátrica requiere más que fármacos o abstinencia. Requiere comprensión, paciencia y trabajo conjunto entre disciplinas: psiquiatría, psicoterapia, familia y comunidad. También requiere cambiar el lenguaje: dejar de hablar de “vicios” para hablar de procesos de salud mental complejos, que involucran tanto la biología como la historia emocional de la persona.
Como psiquiatra, me sigo sorprendiendo de cuántas veces el consumo no es más que un síntoma de algo que no se ha podido decir. Cuando el cuerpo calla y la mente no encuentra palabras, el hábito se vuelve la única forma de expresar lo que duele. Y quizá ese sea el punto de partida más honesto para ayudar: no preguntar solo qué consume, sino qué intenta calmar.
Referencias
National Institute on Drug Abuse (NIDA). (2023). Common comorbidities with substance use disorders.
The Lancet Psychiatry. (2022). Childhood adversity and risk of addiction in adulthood: A systematic review.
Harvard Medical School. (2021). Genetic influences on addiction vulnerability.
American Journal of Psychiatry. (2023). Genetic variants and reward system regulation in substance use disorders.
Organización Mundial de la Salud (OMS). (2022). World mental health report: Transforming mental health for all.
Blum, K., et al. (2020). The reward deficiency syndrome: Genetic, epigenetic, and dopaminergic mechanisms in addictive disorders.
Kreek, M. J., Nielsen, D. A., Butelman, E. R., & LaForge, K. S. (2021). Genetics of opioid and cocaine addiction: Variants in the OPRM1 and DRD2 genes.
Volkow, N. D., & Koob, G. F. (2022). Neurocircuitry of addiction.
Uhl, G. R., & Martinez, D. (2022). Dopamine receptor genes and addiction vulnerability: Recent insights from imaging genetics.




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