Vivir al borde de uno mismo
- Dr. Víctor Luis Figueroa Alvarado
- 4 nov
- 4 Min. de lectura

“Lo siento todo demasiado.” Esa fue la frase con la que una joven resumió su vida durante la primera consulta. No hablaba de tristeza, sino de un vértigo constante: amar con intensidad y luego sentir vacío, necesitar cercanía y, al mismo tiempo, temerla. En su mirada se mezclaban la lucidez y el cansancio de quien ha vivido en el borde de sus propias emociones.
El Trastorno Límite de la Personalidad (TLP), conocido también como Borderline, es una de las condiciones más desafiantes tanto para quienes la viven como para quienes la acompañamos. No porque sea “difícil” en sí misma, sino porque pone en evidencia algo que nos cuesta aceptar: que la identidad y las emociones humanas no son tan estables como creemos.
Cuando la emoción no tiene suelo
Las personas con TLP no carecen de control; carecen de anclas. Su sistema emocional funciona como un radar hipersensible: detecta señales mínimas de amenaza o rechazo y las amplifica. A nivel neurobiológico, los estudios muestran una hiperreactividad de la amígdala cerebral (la estructura que procesa el miedo y la intensidad emocional) junto con una regulación insuficiente desde las áreas prefrontales, responsables del control y la toma de perspectiva (Silbersweig et al., 2022).
Esto significa que, ante un desencuentro, un silencio o una pérdida, el cerebro puede responder como si se tratara de una emergencia vital. El cuerpo se activa, el pensamiento se acelera y la mente busca desesperadamente restablecer el equilibrio, aunque sea a través del dolor o la impulsividad. No es dramatismo: es supervivencia emocional.
El origen de la herida
No hay una causa única. En la mayoría de los casos, el TLP surge de una combinación de vulnerabilidad biológica (una mayor sensibilidad emocional desde la infancia) y ambientes invalidantes donde las emociones intensas fueron ignoradas, castigadas o ridiculizadas (Linehan, 1993). Con el tiempo, la persona aprende a desconfiar de sus propios sentimientos y a dudar de quién es.
Desde la clínica, vemos que detrás de cada crisis hay una búsqueda desesperada de coherencia: “¿Quién soy cuando no soy para alguien más?”.
El TLP no es solo un problema de impulsos o relaciones, sino un trastorno del yo. Un yo que se fragmenta, se confunde y se reconstruye constantemente.
Relaciones que duelen y salvan
Amar con TLP puede sentirse como caminar descalzo sobre vidrio. Cada gesto del otro pesa, cada distancia arde. La persona teme ser abandonada, pero su temor la lleva a actuar de maneras que pueden alejar a quienes más quiere. Es un círculo que se repite no por falta de deseo de cambio, sino porque el sistema emocional está programado para sobrevivir antes que para confiar.
Y, sin embargo, esas mismas relaciones (cuando se construyen en contextos seguros y terapéuticos) pueden convertirse en la vía de recuperación. La Terapia Dialéctico-Conductual (TDC), desarrollada por Marsha Linehan, se basa justamente en esa premisa: validar la emoción sin dejar que gobierne la conducta. Enseña habilidades para regular los afectos, tolerar el malestar y construir relaciones más estables (Neacsiu et al., 2020).
Reescribir la identidad
El proceso terapéutico no busca eliminar la intensidad emocional, sino darle estructura. Aprender a nombrar las emociones, reconocer los detonantes y diferenciar entre reacción y respuesta son pasos que reconfiguran las conexiones neuronales implicadas en la regulación emocional. La neuroplasticidad no es un concepto abstracto: el cerebro cambia con cada nueva forma de relacionarse consigo mismo y con los demás.
A menudo, los pacientes con TLP temen perder lo que los hace únicos si aprenden a controlar su intensidad. Pero la terapia no apaga la emoción; la vuelve más habitable. No se trata de dejar de sentir, sino de dejar de naufragar en cada sentimiento.
Más allá del estigma
Durante décadas, el TLP ha sido malinterpretado. Muchos pacientes cargan con etiquetas de “manipuladores” o “difíciles”, lo que solo agrava el aislamiento y la culpa. Pero reducir su experiencia a esos adjetivos es ignorar lo que en realidad está ocurriendo: un intento constante por no desaparecer.
El desafío para la sociedad (y para la psiquiatría) es dejar de ver el TLP como un trastorno de carácter y empezar a comprenderlo como lo que es: una herida en la capacidad de sostener la identidad bajo emociones extremas. Reconocerlo así cambia todo: la mirada, el abordaje y la esperanza.
Como psiquiatra, me impresiona la lucidez que muchos pacientes con TLP alcanzan cuando logran observar su mente sin miedo. En esa observación hay una forma de sabiduría que no se enseña en libros: la de quien ha visitado sus abismos y aún así decide quedarse.
Vivir al borde de uno mismo no siempre significa estar al límite. A veces significa estar más cerca de la verdad emocional que el resto de nosotros evita mirar.
Referencias
Linehan, M. M. (1993). Cognitive-behavioral treatment of borderline personality disorder. New York: Guilford Press.
Neacsiu, A. D., Rizvi, S. L., & Linehan, M. M. (2020). Dialectical behavior therapy skills use as a mediator and outcome of treatment for borderline personality disorder.
Behaviour Research and Therapy, 135, 103731.
Silbersweig, D. A., Clarkin, J. F., Goldstein, M., et al. (2022). Neural substrates of emotion dysregulation in borderline personality disorder: A review. Biological Psychiatry, 92(1), 9–18.




Comentarios