Por qué diciembre despierta los excesos: una mirada a nuestra vulnerabilidad humana
- Dr. Víctor Luis Figueroa Alvarado
- 16 dic
- 4 Min. de lectura

Cada diciembre ocurre algo curioso: los límites que con esfuerzo sostuvimos durante once meses empiezan a aflojarse. La comida es más abundante, el alcohol más frecuente, las compras más impulsivas, las fiestas más seguidas. El ritmo de vida se acelera y, al mismo tiempo, se vuelve más permisivo. “Es diciembre”, decimos, como si eso justificara cualquier desborde.
En consulta lo veo todos los años: personas que no tienen ningún problema de adicción sienten que comen más de lo que desean, gastan más de lo que pueden, o se exigen socializar incluso cuando el cuerpo pide pausa. Personas que han trabajado en su bienestar durante meses descubren que diciembre les mueve algo por dentro; no siempre doloroso, pero sí desorganizador.
Con el tiempo he comprendido que diciembre es un laboratorio emocional. No revela que “no tenemos control”, sino que somos profundamente humanos: seres atravesados por la memoria, la pertenencia, el cansancio y las narrativas culturales.
La cultura del desborde: la sociedad nos da permiso para excedernos
Diciembre es un mes donde el exceso deja de verse como un problema y se convierte en una celebración. Las normas cambian: comer de más es esperado, beber más es aceptado, gastar más es casi una tradición. Muchos países cargan esta época de rituales que, sin proponérselo, normalizan la desmesura.
Hay un mensaje implícito que se repite: “Ya en enero nos organizamos”. Es un pacto social extraño donde todos suspendemos temporalmente la moderación, como si la responsabilidad emocional tuviera un botón de pausa.
Este ambiente no produce problemas por sí solo; la mayoría de las personas logra transitar diciembre sin consecuencias. Pero a quienes ya venían con estrés acumulado, autoexigencia, duelo, ansiedad o cansancio emocional, esta permisividad puede convertirse en una pendiente resbaladiza.
El cuerpo que llega a diciembre no es el mismo que llegó a julio
Si algo he aprendido de trabajar con salud mental es que diciembre nos encuentra, casi siempre, cansados. Aunque no lo notemos, el cuerpo viene acumulando meses de tensión, decisiones, pérdidas pequeñas, adaptaciones y responsabilidades.
Ese agotamiento afecta más de lo que creemos:
• Nos hace comer rápido y sin escuchar señales de saciedad.
• Nos vuelve más sensibles al placer inmediato.
• Reduce la energía para poner límites.
• Dificulta sostener la moderación cuando el entorno empuja al exceso.
No es falta de disciplina. Es biología y es humanidad. En estados de cansancio, el cerebro busca alivios rápidos: comida abundante, estímulos intensos, compras que prometen gratificación, fiestas que distraen del peso interno.
Por eso, muchas personas comen de forma impulsiva en diciembre sin entender por qué. El cuerpo no busca placer; busca descanso emocional disfrazado de comida.
Diciembre activa recuerdos: lo que comemos, lo que bebemos, lo que celebramos
Algo fascinante ocurre cada fin de año: el cerebro empieza a recuperar asociaciones antiguas. Las celebraciones están llenas de símbolos que aprendimos desde niños: los platos típicos, los reencuentros familiares, la música de la temporada, los olores de la cocina. Si en algún momento de la vida estos estímulos estuvieron ligados al exceso (comer mucho, beber mucho, trasnochar, o incluso gastar sin pensar) el cuerpo lo recuerda antes que la mente.
Esto explica por qué alguien que ha mejorado su relación con la comida siente que en diciembre “retrocede”, o por qué quien suele cuidar su presupuesto compra impulsivamente regalos que no necesita. No es regresión: es memoria emocional. El cuerpo repite lo que conoce.
La presión invisible: alegría, unión y celebración obligatoria
Diciembre también activa un guión social poderoso: La idea de que debemos estar felices, unidos, agradecidos y en fiesta permanente.
Para quienes viven duelos recientes, tensiones familiares, rupturas, soledad o simplemente un año difícil, este guion puede sentirse como una exigencia emocional imposible de cumplir. Y en esa discrepancia entre lo que se espera y lo que realmente se siente, los excesos aparecen como anestesia:
— Comer para llenar silencios.
— Beber para evitar incomodidades.
— Comprar para compensar ausencias.
— Asistir a todas las fiestas para no reconocer que lo que se desea es descansar.
No son decisiones irracionales; son intentos de sostenerse en un mes que amplifica todo: lo bueno y lo que duele.
Diciembre suele ser un reflejo de nuestras necesidades emocionales
Cada comportamiento excesivo, lejos de ser una falla, suele intentar resolver algo:
• La comida ofrece calma cuando el año ha sido demasiado demandante.
• El alcohol facilita encuentros que de otra forma serían tensos.
• Las compras dan la sensación de “cuidar” o “cumplir”.
• Las fiestas funcionan como escape de una rutina emocional pesada.
• El gasto excesivo tapa el miedo a no estar a la altura de las expectativas.
El exceso no es el problema: es la señal.
Diciembre ilumina lo que quedó pendiente, lo que cargamos sin admitirlo, lo que aún no se ha dicho. Por eso es un mes tan emocionalmente ruidoso.
Algunas observaciones para transitar diciembre sin perderse en él
No se trata de eliminar los excesos (la vida también necesita momentos de soltura) sino de acercarnos a ellos con conciencia. Esto es lo que suelo trabajar con mis pacientes:
— El cuerpo habla antes que la mente. Si estás comiendo rápido, durmiendo mal o gastando sin pensar, pregúntate qué emoción estás evitando.
— Los límites se planifican antes de salir, no durante la fiesta. Una vez dentro del ambiente, el impulso toma la delantera.
— No estás obligado a celebrar como los demás. Hay personas que viven diciembre en silencio, con calma o con dolor. Todas son formas válidas.
— El cansancio se parece al hambre y al deseo. A veces no quieres comer más; quieres descansar.
— Hablar una sola vez con alguien de confianza reduce a la mitad la fuerza del impulso. La soledad es combustible para todos los excesos.
Diciembre no es el enemigo
Diciembre no es un enemigo; es un espejo. Nos muestra con claridad lo que durante el año logramos sostener y lo que aún necesita cuidado. Nos confronta con nuestras memorias, nuestros rituales y nuestras heridas. Nos recuerda que somos seres sensibles a la cultura, a la expectativa y a la emoción.
A veces, el exceso solo es la forma que encuentra el cuerpo para pedir una pausa.
Como psiquiatra, cada diciembre me confirma que la verdadera fortaleza no está en controlar todo, sino en reconocernos humanos: vulnerables, complejos, llenos de historia. Aprender a escuchar esa humanidad (sin culparla y sin celebrarla ciegamente) es quizá el mayor acto de salud emocional de fin de año.




Comentarios