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El TDAH visto desde la consulta psiquiátrica

  • Foto del escritor: Dr. Víctor Luis Figueroa Alvarado
    Dr. Víctor Luis Figueroa Alvarado
  • 31 ene
  • 4 Min. de lectura
Una doctora atendiendo un paciente.
Con acompañamiento profesional y seguimiento continuo, las personas con TDAH pueden desarrollar estrategias que les permitan organizar su vida con mayor bienestar y sentido de control.

Es común asociar el Trastorno por Déficit de Atención con o sin Hiperactividad (TDAH) como un problema exclusivamente infantil, limitado al aula y asociado casi de forma automática a la inquietud motora. Pero, hoy sabemos que esta mirada es incompleta.


El TDAH es una condición del neurodesarrollo que puede persistir a lo largo de toda la vida y que, en adultos, adopta formas más silenciosas pero no menos disruptivas: dificultad para organizarse, regular las emociones, sostener la atención, manejar el tiempo o frenar impulsos que terminan teniendo un costo personal, laboral y relacional.


Con frecuencia llegan pacientes a consulta después de años de sentirse “desordenados”, “inconstantes” o “incapaces de sostener lo que empiezan”. Algunos han sido tratados por ansiedad, depresión o incluso trastornos del estado de ánimo sin que nadie se detuviera a explorar si el TDAH estaba en la base del problema. En ese punto, el rol del psiquiatra se vuelve clave.


El psiquiatra como integrador clínico


El trabajo del psiquiatra en el TDAH no se limita a confirmar o descartar un diagnóstico. Implica integrar múltiples niveles de información: la historia clínica, el funcionamiento actual, los antecedentes familiares, la presencia de síntomas emocionales, el impacto en la vida cotidiana y, cuando es necesario, los resultados de evaluaciones psicológicas o neuropsicológicas más profundas.


El TDAH rara vez llega solo. En adultos, es frecuente que coexista con ansiedad, depresión, trastornos del sueño, consumo problemático de sustancias o dificultades en el control de impulsos. Distinguir qué síntomas pertenecen al TDAH y cuáles corresponden a otras condiciones no es un ejercicio teórico: de ello depende que el tratamiento sea eficaz o que, por el contrario, se acumulen frustraciones clínicas.


Aquí el psiquiatra cumple una función de “traductor” del malestar. Ayuda a poner orden en un cuadro que suele vivirse como caótico, explicando al paciente qué está pasando, por qué ciertas estrategias no han funcionado y qué se puede esperar de un abordaje adecuado.


El tratamiento farmacológico: una herramienta, no una solución aislada


Uno de los aspectos más visibles del rol del psiquiatra es el manejo del tratamiento farmacológico. Los medicamentos utilizados en el TDAH tienen una sólida base científica y han demostrado mejorar la atención, la regulación de impulsos y, en muchos casos, la estabilidad emocional. Sin embargo, reducir el trabajo psiquiátrico a “recetar pastillas” es una simplificación peligrosa.


Indicar un tratamiento implica elegir la molécula adecuada, ajustar dosis, evaluar tolerancia, monitorear efectos secundarios y, sobre todo, entender cómo ese tratamiento se integra en la vida real del paciente. No todos los cerebros responden igual, y no todos los contextos demandan lo mismo. Un adulto con alta exigencia cognitiva, por ejemplo, no enfrenta los mismos retos que alguien con horarios más estructurados o con apoyo externo.


Además, el psiquiatra debe saber cuándo no medicar o cuándo posponer la indicación farmacológica para priorizar otros aspectos clínicos. El criterio no es automático: es individualizado, dinámico y revisable en el tiempo.


Más allá de los síntomas nucleares: regulación emocional y sentido de identidad


Uno de los errores más comunes es pensar el TDAH solo en términos de atención. En la práctica clínica, muchos pacientes consultan más por desbordes emocionales, irritabilidad, sensación de fracaso recurrente o dificultad para sostener relaciones que por problemas atencionales en sí.


El psiquiatra tiene un rol fundamental en ayudar a comprender cómo el TDAH afecta la regulación emocional y la construcción de la autoestima. Años de críticas, malentendidos y autoexigencia pueden dejar huellas profundas. Nombrar el problema, explicarlo con rigor y sin estigmas, suele tener un efecto terapéutico en sí mismo.


En este punto, el trabajo conjunto con psicoterapia y con programas especializados es esencial. El tratamiento del TDAH funciona mejor cuando se aborda como un proceso integral, no como una intervención puntual.


Trabajo en equipo y continuidad del cuidado


El psiquiatra no trabaja en solitario. En los abordajes modernos del TDAH, la colaboración con psicólogos clínicos, neuropsicólogos y otros profesionales de la salud mental permite una comprensión más completa del paciente. Evaluaciones neuropsicológicas, por ejemplo, pueden aportar información valiosa sobre el perfil cognitivo y orientar tanto el tratamiento farmacológico como las estrategias terapéuticas.


La continuidad también es parte del rol psiquiátrico. El TDAH no se “resuelve” en pocas consultas. Requiere seguimiento, ajustes y reevaluaciones a lo largo del tiempo, especialmente en momentos de cambio vital: nuevos trabajos, estudios, maternidad o paternidad, duelos, crisis emocionales.


Salir de esquemas rígidos


El TDAH nos obliga, como profesionales, a salir de los esquemas rígidos. No es una etiqueta cómoda ni un diagnóstico de moda. Es una condición compleja que atraviesa la forma en que una persona piensa, siente y se relaciona con el mundo.


El rol del psiquiatra, en este contexto, es acompañar con ciencia, criterio clínico y humanidad. Escuchar, ordenar, explicar y ofrecer herramientas que permitan al paciente comprenderse mejor y vivir con mayor funcionalidad y menor culpa. Al final, más que tratar un trastorno, se trata de ayudar a que cada persona pueda percibir su propia mente con un poco más de claridad.

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